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LUGAR AL OTRO LADO

En este proyecto propongo una relación telúrica; una metáfora entre la actividad volcánica, los movimientos de la tierra y las nuevas posibilidades de vida.

Los volcanes son el síntoma de la migración de las placas tectónicas. Así como la corteza terrestre se desplaza, una capa sobre la otra, las geografías y los continentes van adquiriendo nuevas configuraciones. Se desmembran y articulan zonas de sutura que indican que algo va migrando sobre la superficie; allí donde se produce ese foco enorme, incandescente y rojo, que vomita la tierra fundida desde sus entrañas.

El volcán es eso: borde, frontera, traslado, desprendimiento. Es lo que hace que afloren y se manifiesten procesos que ocurren en el corazón del planeta. A través de un cuerpo de trabajo que cruza archivos satelitales, registros de derivas físicas por siete volcanes mexicanos, la desmaterialización de minerales mediante escáner y piezas de video, el proyecto traduce esta fricción en imagen.

Nos vemos atravesados, como la tierra misma, por el movimiento, el desarraigo, la erupción o expulsión y las nuevas posibilidades de supervivencia. Ante la necesidad colectiva e individual por reubicarnos y reordenarnos, Lugar al otro lado no busca ilustrar la migración, sino asumirla como un principio geológico compartido: la asunción definitiva de que el hogar no es un punto fijo en el mapa.

 I. EXILIO

EXILIO

El origen de *Lugar al otro lado* no está ligado a una experiencia situada en los sistemas volcánicos, sino a su imposibilidad material. Al migrar a México, el territorio se me presentó como una geografía inaccesible, mediada únicamente por mapas y proyecciones. Ante esta distancia, el proyecto comenzó en el archivo mediante la investigación y apropiación de imágenes satelitales y registros científicos de la NASA. La fotografía opera aquí no como registro de un contacto, sino como la elaboración de un paisaje conceptual.

 

En este capítulo, la mirada aérea y tecnológica de los centros de poder global es intervenida. Al desplazar estos archivos de su función informativa, los reinscribo en una narrativa del desarraigo. El exilio —entendido no solo como expulsión política, sino como una experiencia de fractura e identidad en reconfiguración— funciona aquí como condición de lectura. 

 

Esta operación establece un vínculo simbólico con los exiliados argentinos que hallaron refugio en México durante la última dictadura militar, inscribiendo mi tránsito en una genealogía latinoamericana de desplazamientos forzados. A través de este desplazamiento crítico, el apropiacionismo deja de ser una estrategia formal para convertirse en un desvío político: la operación no busca ilustrar el exilio, sino intervenir en la dirección original de la imagen, transformando un dispositivo de control geopolítico en el mapa espectral de una intemperie propia.

II. DE ASCENSOS Y DESCENSOS

DE ASCENSOS Y DESCENSOS

El proceso supone movimientos, desplazamientos y transformaciones. La mirada desciende, el cuerpo asciende. El territorio deja de ser una construcción distante para convertirse en una experiencia encarnada: ahora es altura, viaje, cumbre, temperatura, respiración. Precipicio.

 

Aquí la deriva es el eje de la investigación. Caminar los sistemas volcánicos no responde a una lógica de conquista ni a un recorrido predeterminado, sino a una práctica abierta, estructurada en la experiencia física y atenta a la fricción entre el cuerpo y la naturaleza. El trayecto no es lineal: avanza, se interrumpe, retrocede, insiste. Es en este tránsito donde el territorio se vuelve el espejo de mi propio desarraigo. Al recolectar fragmentos minerales en cada ascenso, intento procesar la pérdida de la casa; una búsqueda ciega por construir o encontrar un nuevo suelo donde pertenecer. 

 

Este procedimiento transforma mi posición como fotógrafo. Ya no documento un paisaje externo; registro un proceso en el que mi propio cuerpo se vuelve superficie de inscripción. La cámara deja de ser una herramienta de captura para convertirse en un dispositivo de traducción. El movimiento de la tierra deja de ser una metáfora tectónica y se vuelve método de trabajo: la frontera ya no se ubica exclusivamente en la geografía, sino en el cuerpo que la atraviesa y la reconfigura.

III. PIEDRIARIO

PIEDRIARIO

Cartografías de una materia migrante

 

El *Piedriario* se estructura como una colección de piedras recolectadas *in situ* en siete volcanes mexicanos; un archivo material en estado de continuo desplazamiento. Estas piedras funcionan como un sistema de inscripción no lingüístico: son restos, huellas y condensaciones de tiempo profundo que permiten pensar el territorio como una entidad inestable. Se plantea así una cartografía sin coordenadas; un mapa que no orienta hacia un punto fijo, sino que registra trayectorias, desvíos y pérdidas.

 

En este inventario, la noción de “casa” aparece desplazada de toda idea de origen o destino. En lugar de una localización estable, el hogar se propone como una construcción precaria y mutable, producida en el cruce entre la materia, la memoria y el desarraigo. No se documenta un lugar, sino una errancia a través de la acumulación de fragmentos.

 

Al descender, las piedras son incorporadas a un proceso de digitalización mediante un escáner de cama plana. Esta operación técnica introduce una tensión radical entre el registro y la pérdida: el escaneo desactiva la escala original del objeto y produce imágenes que oscilan entre el documento y la abstracción. Al subvertir el uso del escáner —un dispositivo diseñado para fijar y burocratizar el documento—, la materia volcánica se libera de su peso físico para flotar en un vacío digital. Frente a archivos cerrados e identidades estables, este piedriario propone una condición migrante compartida entre cuerpos humanos y geológicos: la persistencia del movimiento como la única forma posible de habitar el mundo.

IV. EL UMBRAL 

EL UMBRAL

Durante mucho tiempo creí que el territorio era algo que se habita y se atraviesa; que la frontera se cruza y queda atrás; que el paisaje es exterior y el cuerpo, interior. Pero hay un momento en que esa separación se agota. El desplazamiento deja de ser trayecto y se convierte en un estado liminal: la extranjería como condición permanente.

 

El migrante aprende primero a perder y luego a adaptarse, hasta comprender que no hay regreso posible a la idea de raíz. La casa —entendida como punto fijo y promesa de permanencia— pertenece a una arquitectura moderna que necesita suelo firme, límites claros y nombre propio. Pero el volcán no es firme: late, se acumula y se desplaza bajo la superficie antes de hacerse visible. Su estabilidad es aparente; su forma es el resultado de fuerzas históricas en fricción continua. Frente a la mole geológica, entiendo que no se trata de pertenecer ni de arraigarse. No estoy entre dos territorios: soy el cruce. 

 

No hay identidad fija, hay capas de tiempo profundo. Tampoco hay nación como suelo natural, sino relatos que organizan la intemperie. A través de la contemplación y el registro en video, el paisaje se aborda desde la extrañeza del cuerpo extranjero, cruzando la escala humana con la grandeza filosófica de una cosmovisión tectónica. Es ahí cuando el volcán se proyecta sobre el cuerpo y la imagen pierde sus límites. No busco convertirme en paisaje, sino reconocer que nunca fui fijo. El hogar no es un punto en el mapa: es la asunción definitiva de que no habrá un lugar al otro lado. .

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